Mientras el reloj hacia su música, sus ojos se llenaba de amaneceres, su mente de recuerdos y su corazón de sentimientos.
A su corta edad estaba seguro que el amor era tan solo un invento, de esas cosas que sabes que existen pero no crees en ellas. Varias desilusiones del tan llamado "amor verdadero" hizo que su motor se parara y con ello, el brillo de su sonrisa.
Una mañana de noviembre, mientras por el parque iba pisando, algo lo deslumbro, no fue un rayo de sol, ni una luz directa, fue algo así como una oscuridad momentánea y necesaria; hay luces que por brillantes te deslumbran y ese momento fue cómo sentir. Era ella, ese mal necesario, ese pilar que se rompía para re acomodar todo.
Se dio el tiempo para observarla, analizarla y sentirla, se dio el tiempo para amarla, y aunque el sabia que sus caminos no se cruzarían, el sonreía porque había encontrado aquel tesoro que añora el hombre: amor.
Contaba esa anécdota como una buena melodía, la entonaba perfectamente con su voz ronca, sus débiles labios la pronunciaban con la delicadeza de los dioses. Aquella anécdota no tenía el final predecible de cuentos de hadas, tenía un final duro, pero real, sus caminos se rozaron pero jamás se cruzaron.
Sonrió, gracias a ella supe que estoy vivo, que puedo soñar y amar, me decía al terminar de contar su historia.
El tesoro mas grande que tiene el hombre es la capacidad de amar, amar de la forma mas pura, saber que ama sin esperar ser correspondido, eso es el amor verdadero.

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